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Un extraterrestre en la caja del supermercado

This article is only in Spanish for now. The English version is on the way.

Tengo un Motorola Moto G60s. No es un teléfono viejo, pero Motorola dejó de actualizarlo, y eso tiene consecuencias inesperadas. Por ejemplo, a la hora de pagar con el celular.

Mi teléfono tiene NFC desde hace años, desde mucho antes de que los comercios argentinos aceptaran pagos sin contacto. Ahora que por fin los aceptan, el problema es otro: Google me habilita apenas 15 o 20 pagos, supongo que porque considera que mi teléfono ya quedó viejo. La única forma que encontré de conseguir más es quitar la tarjeta de la billetera, volver a cargarla e insistir varias veces hasta que funcione.

Cuando lo logro, voy al supermercado de la esquina y pago acercando el teléfono a la terminal. Y ahí pasa algo que me causa gracia: la gente me mira como si fuera un extraterrestre. En 2026, pagar con el celular todavía llama la atención.

Eso me puso a pensar. Mi papá me regaló una ZX Spectrum a los 15 años, y ahí empezó todo. Mi primer juego fue Bomb Jack. Pero lo que me atrapó fue otra cosa: para hacer algo con ella había que copiar, línea por línea, el código que publicaban las revistas. Muchos la tuvieron solo para jugar, y otros tantos la dejaron olvidada en un rincón de la casa. La tecnología llegaba, pero cada uno la adoptaba a su manera, o no la adoptaba.

Yo siempre fui de los que llegan antes. En 2005 ya tenía PayPal. Entre 2007 y 2009, unas amigas de Estados Unidos a veces me pedían algún favor y me pagaban por PayPal: 50 dólares una, 30 otra. Con esos dólares pagaba Spotify y Netflix antes de que llegaran a Argentina, conectándome con una VPN. Para mí era lo más natural del mundo; para la mayoría, era ciencia ficción.

Mientras tanto, en Argentina había un montón de tarjetas de débito, pero ninguna servía para pagar servicios ni para comprar por internet. Recién en 2017, con la llegada de Ualá, una fintech con tarjeta Mastercard internacional, se pudo pagar casi todo con tarjeta. Y las empresas de luz y gas tuvieron que adaptar sus sistemas, que parecían seguir en 1970.

Una sociedad que depende del efectivo, y donde muy poca gente accede al crédito, queda encerrada: no puede comprar fuera del país, no puede elegir. Es un mercado cautivo. Durante años vivimos así.

Después llegó la pandemia. En plena cuarentena, con el riesgo de contagiarse en cualquier lado, había gente haciendo fila en la puerta de los bancos. La pandemia aceleró de golpe el trabajo remoto y los pagos digitales, cosas que en Europa existían desde hacía más de diez años.

Hoy existen el QR, el pago con el celular, el click to pay. La tecnología está. Pero cuesta adoptarla, por un lado por cuestiones económicas y por otro por desconocimiento. En Argentina la tecnología entra a los golpes, y la gente no termina de acomodarse a una cuando ya llega la siguiente.

Ahora pensemos en la inteligencia artificial. Si un pago con el celular, algo maduro, estándar y seguro, todavía provoca miradas en la caja del supermercado, ¿qué va a pasar con una tecnología que cambia cada pocos meses? Las empresas de IA avanzan a una velocidad que nunca vimos, y la gente se adapta a la velocidad de siempre. Argentina es un caso extremo, con muchos problemas sin resolver.

Entre esas dos velocidades se está abriendo un abismo. Y con lo rápido que avanza todo, me pregunto si no se convertirá en un agujero negro: un lugar donde la tecnología existe, pero mucha gente queda del otro lado, mirando a los que la usan como a extraterrestres.

No lo escribo para asustar a nadie. Es lo que veo cada vez que pago con el celular en el supermercado de la esquina.

Hablemos — antes de que fallen →