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El factor humano en la automatización: De 1989 a 2026

This article is only in Spanish for now. The English version is on the way.

En 1989 tenía 18 años. Había empezado la secundaria en el Instituto Industrial Luis A. Huergo y después me pasé a la ENET N.º 17, que estaba probando un sistema nuevo: el sistema dual. La secundaria se alargaba dos años y, durante ese tiempo, ibas tres días por semana a una fábrica y dos al colegio. Era más largo, pero aprendías cómo funciona una fábrica de verdad. Y al terminar esa etapa salías con un título intermedio: sin haber terminado la secundaria, yo ya tenía el título de Auxiliar Técnico en Mantenimiento Eléctrico de Planta y salida laboral.

A mí me tocó Camea, la Compañía Argentina Metalúrgica de Estaño y Aluminio: una fábrica histórica de Villa Lugano, fundada en 1933, y una de las grandes empresas de extrusión de aluminio del país. Para alguien de 18 años, entrar a una planta industrial de primera línea fue un golpe de suerte.

Eran años difíciles: el final del gobierno de Alfonsín, cortes de luz, problemas de energía. Aun así, la fábrica tenía su propio centro de cómputos, con equipos Bull Micral, y empezaban a llegar los primeros clones de PC: primero los 386 y poco después los 486.

Un día los ingenieros empezaron a instalar los primeros PLC, los controladores que automatizan las máquinas, y me llamaron para ayudar a conectar las computadoras a la línea de producción. Yo pasaba los cables y miraba cada conexión. Estaba aprendiendo todo.

Ahí, entre los ingenieros, me enteré de un conflicto. La UOM, el sindicato metalúrgico, se quejaba porque estábamos conectando una computadora a las máquinas de los operarios. El problema era concreto: lo que el supervisor informaba sobre una máquina no coincidía con lo que registraba el PLC. Para los trabajadores, esa computadora no era una herramienta: era alguien que los controlaba. Nunca supe cómo terminó la discusión, pero la fábrica siguió instalando PLC en todas las máquinas.

La fábrica siguió su camino: en los años noventa se fusionó con otra empresa del sector y terminó formando parte de Aluar. Yo seguí el mío. La electricidad no era para mí: quería trabajar en computación. Durante un tiempo seguí consiguiendo trabajos de electricidad, hasta que entré como operador de carga de datos en una compañía de seguros. Lo que vino después está en Quién soy.

Treinta y siete años más tarde, en 2026, instalé mi propio sistema de supervisión preventiva en la empresa de uno de mis clientes más antiguos. Cada pocas horas revisa la salud de los equipos (temperatura, discos, memoria, errores de Windows) para avisar antes de que algo falle. Algunos empleados no entendían para qué servía y pensaban que los estaba espiando. Los dueños me respaldaron desde el primer momento, y hasta se lo tomaron con humor.

No es que me hubiera olvidado de 1989: lo tenía guardado. Pero en el cumpleaños de mi sobrina, conversando con unas amigas suyas que van al Huergo, el mismo instituto al que fui yo, por alguna razón las dos historias se cruzaron en mi cabeza. Fue un shock. Cambiaron las máquinas, cambiaron las computadoras, cambió todo. Y la reacción fue exactamente la misma.

Y no fue por falta de explicación. Cuando uno de ellos me escribió, le conté para qué servían las alertas: cosas que un usuario normal no puede ver y que avisan antes de que el equipo tenga un problema serio. La respuesta fue: "Ella no tuvo problemas hoy". No discutía el error; defendía a la persona. Como en 1989, la computadora no era una herramienta: era alguien que controlaba.

En otra ocasión, en una agencia en Paraguay donde la tecnología no sobra, le expliqué el mismo sistema a una empleada. Su respuesta fue: "¡Wow, qué bueno!". La misma herramienta, otra mentalidad: donde uno ve control, el otro ve ayuda.

¿Por qué esa diferencia? No creo que sea ignorancia. Creo que es algo aprendido. En un país donde las reglas cambiaron tantas veces de un día para otro, y donde el control muchas veces se usó más para castigar que para cuidar, la primera reacción ante algo nuevo es protegerse. Ese reflejo pasa de generación en generación, y por eso en 37 años no cambió.

Lo que sí cambió fue mi lugar. En 1989 yo era el chico que pasaba los cables sin entender del todo qué estaba conectando. Hoy soy el que diseñó el sistema, y sé que ese reflejo no se cambia con un programa. La confianza no se instala: se construye, una y otra vez, mostrando qué hace y qué no hace.

Hablemos — antes de que fallen →