This article is only in Spanish for now. The English version is on the way.
En 1989 tenía 18 años. Había empezado la secundaria en el Instituto Industrial Luis A. Huergo y después me pasé a la ENET N.º 17, que estaba probando un sistema nuevo: el sistema dual. La secundaria se alargaba dos años y, durante ese tiempo, ibas tres días por semana a una fábrica y dos al colegio. Era más largo, pero aprendías cómo funciona una fábrica de verdad. Y al terminar esa etapa salías con un título intermedio: sin haber terminado la secundaria, yo ya tenía el título de Auxiliar Técnico en Mantenimiento Eléctrico de Planta y salida laboral.
A mí me tocó Camea, la Compañía Argentina Metalúrgica de Estaño y Aluminio: una fábrica histórica de Villa Lugano, fundada en 1933, y una de las grandes empresas de extrusión de aluminio del país. Para alguien de 18 años, entrar a una planta industrial de primera línea fue un golpe de suerte.
Eran años difíciles: el final del gobierno de Alfonsín, cortes de luz, problemas de energía. Aun así, la fábrica tenía su propio centro de cómputos, con equipos Bull Micral, y empezaban a llegar los primeros clones de PC: primero los 386 y poco después los 486.
Un día los ingenieros empezaron a instalar los primeros PLC, los controladores que automatizan las máquinas, y me llamaron para ayudar a conectar las computadoras a la línea de producción. Yo pasaba los cables y miraba cada conexión. Estaba aprendiendo todo.
Ahí, entre los ingenieros, me enteré de un conflicto. La UOM, el sindicato metalúrgico, se quejaba porque estábamos conectando una computadora a las máquinas de los operarios. El problema era concreto: lo que el supervisor informaba sobre una máquina no coincidía con lo que registraba el PLC. Para los trabajadores, esa computadora no era una herramienta: era alguien que los controlaba. Nunca supe cómo terminó la discusión, pero la fábrica siguió instalando PLC en todas las máquinas.
La fábrica siguió su camino: en los años noventa se fusionó con otra empresa del sector y terminó formando parte de Aluar. Yo seguí el mío. La electricidad no era para mí: quería trabajar en computación. Durante un tiempo seguí consiguiendo trabajos de electricidad, hasta que entré como operador de carga de datos en una compañía de seguros. Lo que vino después está en Quién soy.
Treinta y siete años más tarde, en 2026, instalé mi propio sistema de supervisión preventiva en la empresa de uno de mis clientes más antiguos. Cada pocas horas revisa la salud de los equipos (temperatura, discos, memoria, errores de Windows) para avisar antes de que algo falle. Algunos empleados no entendían para qué servía y pensaban que los estaba espiando. Los dueños me respaldaron desde el primer momento, y hasta se lo tomaron con humor.
No es que me hubiera olvidado de 1989: lo tenía guardado. Pero en el cumpleaños de mi sobrina, conversando con unas amigas suyas que van al Huergo, el mismo instituto al que fui yo, por alguna razón las dos historias se cruzaron en mi cabeza. Fue un shock. Cambiaron las máquinas, cambiaron las computadoras, cambió todo. Y la reacción fue exactamente la misma.
Y no fue por falta de explicación. Cuando uno de ellos me escribió, le conté para qué servían las alertas: cosas que un usuario normal no puede ver y que avisan antes de que el equipo tenga un problema serio. La respuesta fue: "Ella no tuvo problemas hoy". No discutía el error; defendía a la persona. Como en 1989, la computadora no era una herramienta: era alguien que controlaba.
En otra ocasión, en una agencia en Paraguay donde la tecnología no sobra, le expliqué el mismo sistema a una empleada. Su respuesta fue: "¡Wow, qué bueno!". La misma herramienta, otra mentalidad: donde uno ve control, el otro ve ayuda.
¿Por qué esa diferencia? No creo que sea ignorancia. Creo que es algo aprendido. En un país donde las reglas cambiaron tantas veces de un día para otro, y donde el control muchas veces se usó más para castigar que para cuidar, la primera reacción ante algo nuevo es protegerse. Ese reflejo pasa de generación en generación, y por eso en 37 años no cambió.
Lo que sí cambió fue mi lugar. En 1989 yo era el chico que pasaba los cables sin entender del todo qué estaba conectando. Hoy soy el que diseñó el sistema, y sé que ese reflejo no se cambia con un programa. La confianza no se instala: se construye, una y otra vez, mostrando qué hace y qué no hace.
In 1989 I was 18. I had started high school at the Instituto Industrial Luis A. Huergo and then moved to ENET No. 17, which was trialing a new program: the dual system. High school ran two years longer, and during that time you spent three days a week at a factory and two at school. It took longer, but you learned how a real factory works. And at the end of that stage you came out with an intermediate qualification: before finishing high school, I already held the title of Assistant Technician in Plant Electrical Maintenance and could get a job.
I was placed at Camea, the Compañía Argentina Metalúrgica de Estaño y Aluminio: a historic factory in Buenos Aires' Villa Lugano neighborhood, founded in 1933, and one of Argentina's major aluminum extrusion companies. For an 18-year-old, walking into a first-class industrial plant was a stroke of luck.
Those were hard years: the end of Alfonsín's presidency, power cuts, energy shortages. Even so, the factory had its own computer center, with Bull Micral machines, and the first PC clones were starting to arrive: first 386s, and shortly after, 486s.
One day the engineers began installing the first PLCs, the controllers that automate the machines, and they called me to help connect the computers to the production line. I ran the cables and watched every connection. I was learning everything.
That's where, among the engineers, I heard about a conflict. The UOM, the metalworkers' union, was complaining because we were connecting a computer to the operators' machines. The problem was concrete: what the supervisor reported about a machine didn't match what the PLC recorded. To the workers, that computer wasn't a tool: it was someone keeping tabs on them. I never found out how the dispute ended, but the factory kept installing PLCs on every machine.
The factory went its own way: in the nineties it merged with another company in the industry and ended up as part of Aluar, Argentina's aluminum producer. I went mine. Electricity wasn't my thing: I wanted to work with computers. For a while I kept finding electrical jobs, until I got a data entry job at an insurance company. What came next is on my About page.
Thirty-seven years later, in 2026, I installed my own preventive monitoring system at the company of one of my longest-standing clients. Every few hours it checks the health of the machines (temperature, disks, memory, Windows errors) to warn before something fails. Some employees didn't understand what it was for and thought I was spying on them. The owners backed me from day one, and even took it with a sense of humor.
It's not that I had forgotten 1989: I had it stored away. But at my niece's birthday party, talking with some of her friends who go to the Huergo, the same school I went to, for some reason the two stories collided in my head. It was a shock. The machines had changed, the computers had changed, everything had changed. And the reaction was exactly the same.
And it wasn't for lack of explanation. When one of them wrote to me, I explained what the alerts were for: things a regular user can't see, which warn before the machine has a serious problem. The reply was: "She didn't have any problems today." He wasn't arguing about the error; he was defending the person. Just like in 1989, the computer wasn't a tool: it was someone keeping tabs.
Another time, at an agency in Paraguay where technology isn't abundant, I explained the same system to an employee. Her reply was: "Wow, that's great!" Same tool, different mindset: where one sees control, the other sees help.
Why the difference? I don't think it's ignorance. I think it's learned. In a country where the rules changed overnight so many times, and where control was often used more to punish than to protect, the first reaction to anything new is to protect yourself. That reflex is passed down from generation to generation, and that's why it hasn't changed in 37 years.
What did change was my place. In 1989 I was the kid running cables without fully understanding what I was connecting. Today I'm the one who designed the system, and I know that reflex can't be changed with a program. Trust isn't installed: it's built, again and again, by showing what it does and what it doesn't.